Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguÃ:
—Vamos, hijo, dime la verdad.
—Mi Comandante —repuso con el aire y el tono de la más perfecta ingenuidad—, yo no he muerto ese hombre.
—Cabo —agregué, fingiendo enojo—, ¿por qué me engañas? ¿a mà me mientes?
—No, mi Comandante.
—Júralo, por Dios.
—Lo juro, mi Comandante.
Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del cabo me dejó sin réplica y caà en meditación, apoyando mi nublada frente en la mano izquierda como pidiéndole una idea.
No se me ocurrió nada.
Le ordené al cabo que se retirara.
Hizo la venia, dio media vuelta y salió de mi presencia, sin haber cambiado el gesto que hizo cuando le dirigà mi primera pregunta.
A pocos pasos de allÃ, le esperaban dos custodias que le volvieron a la guardia de prevención.
Yo llamé un ayudante y dicté una orden, para que el alférez don Juan álvarez RÃos procediese sin dilación a levantar la sumaria debida.