Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir o probar lo acaecido; por eso me fijé en él. No porque fuera negado, al contrario, sino porque es uno de esos hombres de imaginación impresionable, inclinados a creer en todo lo que reviste caracteres extraordinarios o maravillosos.
A pesar del juramento del cabo yo tenía mis dudas, y estaba resuelto a salvarle aunque resultasen vehementes indicios contra él de lo que álvarez inquiriese.
Volví, pues, a tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de saber la verdad y de mistificar la imaginación de álvarez, previniendo mañosamente el ánimo de algunos.
Por su parte, álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas visto jamás más gordas.
Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y luego que se llenaron las primeras formalidades, vino a mí para hacerme saber que en los bolsillos del muerto se había hallado algún dinero, creo que doce libras esterlinas, y consultarme qué haría con ellas.
Díjele lo que debía hacer y así como quien no quiere la cosa, agregué: —¿No le decía a usted que Gómez no podía ser el asesino?; se habría robado el dinero.