Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles QuerÃa decirme algo y no se atrevÃa; queda hacerme un reproche y no hallaba palabras adecuadas; sus pensamientos fluctuaban, como algas marinas entre opuestas corrientes; iba a hablar y callaba; sus ojos brillaban, sin rencor; pero sus labios comprimidos revelaban claramente que balbuceaba una ironÃa.
—¿En qué piensas? —le dije.
—En que estás muy alegre —me contestó.
—El que se aflige se muere —repuse.
—¡Ah!, tú te vas, yo me quedo.
—Ya te he dicho que nunca es tarde cuando la dicha es buena —le contesté.
—¡Cómo ha de ser! —volvió a exclamar y levantándose de improviso se quiso marchar.
En ese momento Calixto Oyarzábal, tomando el asador, poniéndolo horizontalmente y raspando el asado con un cuchillo, para quitarle la ceniza, dijo:
—Ya está, mi Coronel.
—¡A comer, caballeros! —grité yo a mi vez, y dirigiéndome a MacÃas, le dije—: Ven, hombre, come; sobra tiempo para ahorcarse de desesperación.
Volvió sobre sus pasos, se sentó nuevamente a mi lado, sacó su cuchillo, y como el asado incitaba, siguiendo los usos campestres de la tierra, cortó una tira.
Una olla de puchero hervÃa, rebozando de choclos y zapallo angola.
Acabamos con el asado y en un santiamén con ella.