Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Íbamos a tomar el mate de café, no teniendo postre, cuando el negro del acordeón se presentó, trayendo una cosa en la mano envuelta en un trapo.
—El acordeón! —dije para mis adentros, y me espeluzné y con aire y voz imperativa:
—¡Fuera de aquí, negro! —le grité, antes que desplegara los labios.
—Mi amo —contestó sonriéndome—, si vengo solo.
—¿Y eso? —le pregunté, señalándole la cosa que traía envuelta.
—Esto —repuso, mostrando dos filas de hermosos dientes, tan blancos y tan iguales que me dieron envidia—, ¡esto es un queso!
—¡Un queso!
—Sí, mi amo, y se lo manda el general a su mercé para que lo coma en nombre de su ahijada, la niña María.
Y esto diciendo, desenvolvió el queso y lo puso en mis manos.
—Dile a mi hermano que le doy las gracias —le dije, y haciéndole una indicación con la mano, agregué—: ¡vete!
Obedeció, y él, que estuvo a cierta distancia, me preguntó con malicia:
—¿Quiere su mercé que vuelva con el instrumento?