Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El capitán Rivadavia, con los que le seguían, después de haber buscado inútilmente su incorporación a mí resolvió esperar allí y hacía un buen rato que me esperaba.
Seguimos la marcha, y al entrar en unos vizcacherales, Camilo Arias me observó que debíamos estar muy cerca de algún toldo.
Las vizcachas auguran siempre una población cercana.
Corriéndolas Brasil, husmeó un rastro de jinetes y caballos.
—Por allí debe ir Rufino Pereyra —que era uno de mis asistentes de confianza que faltaba—, con su tropilla —dijo Camilo al oírlo.
Un momento después oyéronse con más fuerza los ladridos de Brasil y de otros de su jaez.
A no dudarlo, íbamos a llegar al toldo de Ramón o a otro.
Seguimos la dirección de los ladridos, y al llegar a un gran corral, apareció Rufino Pereyra con su tropilla.
La madrina había perdido el cencerro en el carquejal del bañado salitroso.
Estábamos en donde queríamos.
Me aproximé al toldo.