Una excursión a los indios Ranqueles

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Salió el cautivo, y un momento después se sentó Ramón, vestido como un paisano prolijo, aseado que daba gusto verle; sus manos acostumbradas al trabajo, parecían las de un caballero, tenia uñas irreprochablemente limpias, ni cortas ni largas y redondeadas con igualdad.

No estuvo ceremonioso.

Al contrario, me trató como a un antiguo conocido, me repitió que aquella era mi casa, que dispusiera de él, me anunció que ya me iban a traer el almuerzo, que más tarde me presentaría a su familia, y me dejó solo.

En seguida volvió, se sentó y trajeron el almuerzo.

Era lo consabido, puchero con zapallo, choclos,] asado, etc.

Todo estaba hecho con el mayor esmero, hacía mucho tiempo que yo no veía un caldo más rico. Durante el almuerzo hablamos de agricultura y ganadería.

El indio era entendido en todo.

Sus corrales eran grandes y bien hechos, sus sementeras vastas, sus ganados mansos como ninguno.

Es fama que Ramón ama mucho a los cristianos; cierto es que en su tribu es donde hay más.

Una de sus mujeres, en la que tiene tres hijos, es nada menos que doña Fermina Zárate, de la Villa de la Carlota.


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