Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Con una panza de vaca seca y sobada habÃa hecho una manga de una vara de largo y un pie de diámetro; con tientos la habÃa plegado, formándoles tres grandes buches con comunicación; en un extremo habÃa colocado la mitad del cañón de una carabina y en el otro un tarugo de palo labrado con el cuchillo; el cañón estaba embutido en la fragua y sujeto con ataduras a un piquete. Naturalmente, tirando y apretando aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire entraba y salÃa produciendo el mismo efecto que cualquier otro fuelle.
Pensaba el tiempo que habrÃa empleado yo con todos los recursos de la civilización, si por necesidad o afición a las artes liberales me hubiese propuesto hacer un fuelle; se me ocurrÃa que quizá habrÃa tenido que darme por derrotado, cuando un cautivo blanco y rubio, de doce a catorce años, entró en el galpón y después de saludarme con el mayor respeto tratándome de usÃa, me dijo:
—Dice el cacique Ramón que si se le puede ver ya; ¿que cómo ha pasado la noche?
Le contesté que estaba a su disposición, que podÃa verme en el acto, si querÃa, y que habÃa dormido muy bien.