Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La cautivaron siendo joven, tendrÃa veinte años; ahora ya es vieja.
¡Allà estaba la pobre!
Delante de ella, Ramón me dijo:
—La señora es muy buena, me ha acompañado muchos años, yo le estoy muy agradecido, por eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera volverse a su tierra, donde está su familia.
Doña Fermina le miró con una expresión indefinible, con una mezcla de cariño y de horror, de un modo que sólo una mujer observadora y penetrante habrÃa podido comprender, y contestó:
Señor, Ramón es buen hombre. ¡Ojalá todos fueran como él! Menos sufrirÃan las cautivas. Yo, ¡para qué me he de quejar! Dios sabrá lo que ha hecho.
Y esto diciendo se echó a llorar sin recatarse. Ramón dijo:
—Es muy buena la señora —se levantó, salió y me dejó solo con ella.
Doña Fermina Zárate no tiene nada de notable en su fisonomÃa; es un tipo de mujer como hay muchos, aunque su frente y sus ojos revelan cierta conformidad paciente con los decretos providenciales.
Está menos vieja de lo que ella se cree.
—¿Y por qué no se viene usted conmigo, señora? —la dije.