Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles —¡Ah!, señor —me contestó con amargura—, ¿y que voy a hacer yo entre los cristianos?
—Para reunirse con su familia. Ya la conozco, está en la Carlota, todos se acuerdan de usted con gran cariño y la lloran mucho.
—¿Y mis hijos, señor?
—Sus hijos…
—Ramón me deja salir a mà porque realmente no es mal hombre; a mà al menos me ha tratado bien, después que fui madre. Pero mis hijos, mis hijos no quiere que los lleve.
No me resolvà a decirle: Déjelos usted, son el fruto de la violencia.
¡Eran sus hijos!
Ella prosiguió:
—Además, señor, ¿qué vida serÃa la mÃa entre los cristianos después de tantos años que falto de mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuando me cautivaron. Y ahora ya ve, estoy vieja. Parezco cristiana, porque Ramón me permite vestirme como ellas pero vivo como india; y francamente, me parece que soy más india que cristiana, aunque creo en Dios como que todos los dÃas le encomiendo mis hijos y mi familia.
—¿A pesar de estar usted cautiva cree en Dios?
—¿Y Él qué culpa tiene de que me agarraran los indios? La culpa la tendrán los cristianos que no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos.