Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles No contesté; tan alta filosofía en boca de aquella mujer, la concubina jubilada de aquel bárbaro, me humilló más que el soliloquio a propósito del fuelle.
Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia andrajosa se presentó diciendo con tonada cordobesa:
—¿Usted será, mi señor, el coronel Mansilla?
—Yo soy, hija, ¿qué quiere usted?
Vengo a pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me den a besar el cordón de nuestro padre San Francisco.
—Pues cómo no, con mucho gusto —y esto diciendo llamé a los santos varones.
Vinieron.
Al verlos entrar, la desdichada Petrona Jofré postró de hinojos ante ellos y con efusión ferviente tomó los cordones del padre Marcos, después los del padre Moisés y los besó repetidas veces.
Los buenos franciscanos, viéndola tan angustiosa la exhortaron, la acariciaron paternalmente y consiguieron tranquilizarla, aunque no del todo.
Sollozaba como una criatura.
Partía el corazón verla y oírla.
Calmóse poco a poco y nos relató la breve y tocante historia de sus dolores.
Doña Fermina confirmaba todas sus referencias. La vida de aquella desdichada de la Cañada Honda, mujer de Cruz Bustos, era una verdadera vía crucis.