Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles La tenÃa un indio malÃsimo llamado CarrapÃ.
Estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistÃa con heroÃsmo a su lujuria.
De ahà su martirio.
—Primero me he de dejar matar, o lo he de matar yo, que hacer lo que el indio quiere —decÃa con expresión enérgica y salvaje.
Doña Fermina meneaba la cabeza y exclamaba:
—¡Vea qué vida, señor!
Yo estaba desesperado.
¿Qué otro efecto puede producir la simpatÃa impotente?
Nada podÃa hacer por aquella desdichada, nada tenÃa que darle.
No me quedaba sino lo puesto.
Ni pañuelo de manos llevaba ya.
Doña Fermina me contó que Carrapà no querÃa venderla para que la sacaran, y que un cristiano, por caridad, la andaba por comprar.
El indio pedÃa por ella veinte yeguas, sesenta pesos bolivianos, un poncho de paño y cinco chiripaes colorados.
—¿Y quién es ese cristiano? —le pregunté.
—Crisóstomo —me contestó.
—¿Crisóstomo?…
—SÃ, señor, Crisóstomo.