Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles ¿No habéis estado alguna vez horas enteras a la cabecera de un doliente amado, dominado por la idea de la vida, mecido por los halagos de la esperanza, y al verle convaleciente, lívido el rostro, brillante la mirada, no os ha hecho el efecto del espectro de la muerte, y recién entonces habéis comprendido el terrible arcano que se encierra entre el ser y el no ser?
Entonces comprenderéis las impresiones de mi alma, tan distintas en aquel momento de lo que habían sido antes, en ese mismo lugar, cuando resuelto todo, sin previo aviso y desarmado, me dirigí al corazón de las tolderías seguido de un puñado de hombres animosos.
En el fondo del médano había ya como un crepúsculo, mientras que en sus crestas reverberaban todavía los últimos rayos solares.
Bandadas interminables de aves acuáticas, que se retiraban a sus nidos lejanos, cruzaban por sobre nuestras cabezas, batiendo las alas con estrépito en sus evoluciones caprichosas, y nuestras cabalgaduras, después de haberse refrescado, chapaleaban el agua de la orilla de la laguna, se revolcaban, mordían acá y allá las más incitantes matas de pasto y relinchaban mirando en dirección al norte, con las orejas tiesas y fijas como la flecha de un cuadrante que marcara el punto de dirección, cuando llamando a los buenos franciscanos y a mis oficiales les comuniqué que había resuelto separarme de ellos.