Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles El sentimiento de la disciplina no mata los grandes afectos, es mentira; pero hace que el hombre, reprimiéndose, se acostumbre a disimular todas sus impresiones, hasta las más tiernas y honrosas.
Cuántas veces a causa de eso no pasan por seres sin corazón los que se hallan sujetos a las terribles leyes de la obediencia pasiva, a esas leyes que en todas partes mantienen divorciado al soldado con el ciudadano, que contra el espÃritu del siglo permanecen estacionarias, como monumentos inamovibles de esclavitud, sin que la marea generosa que agita al mundo civilizado desde la caÃda del imperio romano, hacen al soldado tanto más grande, cuanto mayor es la servidumbre que le oprime.
Al recibir aquellos la orden de formar dos grupos, de los cuales el más numeroso seguirÃa por el camino conocido del Cuero, y el más pequeño, encabezado por mÃ, tomarÃa el desconocido de la laguna del Bagual, algo como un tinte de tristeza vagó por sus fisonomÃas.
Nadie replicó, todos corrieron a disponer lo referente a la marcha nocturna. Pero yo comprendà que más de un corazón sentÃa vivamente separarse de mÃ; no sólo por esa simpatÃa secreta, que como vÃnculo une a los hombres, sea cual fuere su posición respectiva, sino por ese amor a lo desconocido y esa inclinación genial al combate y a la lucha, propia de las criaturas varoniles, que hace apetecible la vida, cuando ella no se consume monótonamente en la molicie y los placeres.