Una excursión a los indios Ranqueles

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Cumplidas mis órdenes y escritas las instrucciones correspondientes en una hoja del libro de memorias del mayor Lemlenyi, se formaron los dos grupos determinados.

Me despedí de éste, de los franciscanos, de Ozarowski, de todos, en fin, repetí, como lo hubiera hecho un viejo regañón y fastidioso, varias veces la misma cosa, monté a caballo y eché a andar seguido de los cuatro compañeros que componían mi grupo.

El de Lemlenyi me precedía.

Los caballos que montábamos estaban frescos, de modo que trepamos sin dificultad a la cresta del médano, por la gran rastrillada del norte.

Una vez allí, volvimos a decirnos adiós.

Lemlenyi y los suyos tomaron el ramal de la derecha, yo tomé el de la izquierda, que seguía el rumbo del Poniente, y gritando todavía una vez más: ¡Cuidado con galopar!, le hice comprender a mi caballo con una presión nerviosa de las piernas en los ijares, que debía tomar un aire de marcha más vivo.

El entendido animal tomó el trote; mis dos tropillas pasaron adelante y el tan tan metálico del cencerro, vibrando sonoro en medio del profundo silencio de la pampa, animaba hasta los mismos jinetes haciéndonos el efecto de un precursor seguro.


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