Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Relinchos fortÃsimos iban y venÃan de un grupo a otro, como si los animales se dijeran: ¿Por qué nos han separado?
Yo y los mÃos dimos vuelta varias veces, hasta que la distancia y las nubes de polvo, hicieron invisibles a los que trotaban sin interrupción al norte, a fin de poder hacer su primera parada en Loncouaca, aguada abundante y permanente, buena para apaciguar la sed del hombre y de los animales.
Probablemente, ellos hicieron lo mismo que nosotros, varias veces mirarÃan atrás a ver si nos descubrÃan.
¡Valientes compañeros! Réstame aun decir, antes de perderlos de vista del todo, que hicieron su travesÃa con felicidad, cumpliendo mis órdenes estrictamente, con bastante hambre y trotando consecutivamente dos dÃas y dos noches, hasta llegar al fuerte Sarmiento.
Los franciscanos sacudidos por el trote casi se deshicieron; a pesar de su mansedumbre lo calificaban de infernal, repitiendo más de una vez durante el trayecto: ¿Por qué no galopamos un poquito?
Mis oficiales contestaban: Primero, porque la orden es que la marcha se haga al trote; segundo, porque si galopamos no llegaremos en dos dÃas.
El padre Marcos alegaba que su caballo era superior.