Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Los oficiales le decÃan, por hacerlo rabiar un poco —cosa a la que creo no se opone la Orden de Nuestro R. P. San Francisco—: también era superior el moro que maltrató usted la vez pasada.
Aquella marcha ha dejado recuerdos imperecederos en la memoria de los que la hicieron; y no hay ninguno de ellos que no esté de acuerdo con la teorÃa que he desarrollado en mi carta anterior, a propósito de las hablillas que tuvieron lugar cuando hice alto a la vista de la Verde.
Las sombras de la noche iban envolviendo poco a poco el espacio, los accidentes del terreno desaparecÃan entre las tinieblas, flotábamos en un piélago oscuro como el de la primera noche del Génesis —como dicen en la tierra—, estaba toldado, las estrellas no podÃan enviarnos su luz a través de los opacos nubarrones que a manera de inmensa sábana mortuoria, se habÃan extendido por el cielo.
HacÃa algunas horas que trotábamos y galopábamos.
Un punto negro, más negro que la negra noche, aparecÃa a corta distancia, en las mismas dereceras de la rastrillada, alzándose como un fantasma colosal, y un ruido que no se oye sino en la pampa, a la orilla de las lagunas, cuando la creación duerme, Ãbase haciendo cada vez más perceptible.
Era que Ãbamos a llegar a la laguna del Bagual.