Una excursión a los indios Ranqueles
Una excursión a los indios Ranqueles Digan lo que quieran, si la felicidad existe, si la podemos concretar y definir, ella está en los extremos. Yo comprendo las satisfacciones del rico y las del pobre; las satisfacciones del amor y del odio; las satisfacciones de la oscuridad y las de la gloria. Pero ¿quién comprende las satisfacciones de los términos medios; las satisfacciones de la indiferencia; las satisfacciones de ser cualquier cosa?
Yo comprendo que haya quien diga: —Me gustarÃa ser Leonardo Pereira, potentado del dinero.
Pero que haya quien diga: —Me gustarÃa ser el almacenero de enfrente, don Juan o don Pedro, un nombre de pila cualquiera, sin apellido notorio —eso no.
Y comprendo que haya quien diga: —Yo quisiera ser limpiabotas o vendedor de billetes de loterÃa.
Yo comprendo el amor de Julieta y Romeo, como comprendo el ocio de Silva por Hernani, y comprendo también la grandeza del perdón.
Pero no comprendo esos sentimientos que no responden a nada enérgico, ni fuerte, a nada terrible o tierno.
Yo comprendo que haya en esta tierra quien diga: —Yo quisiera ser Mitre, el hijo mimado de la fortuna y de la gloria, o sacristán de San Juan.
Pero que haya quien diga: —Yo quisiera ser el coronel Mansilla —eso no lo entiendo, porque al fin, ese mozo ¿quién es?