Discursos sobre la primera decada de Tito Livio

Discursos sobre la primera decada de Tito Livio

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Volviendo a nuestro tema, digo que, para ordenar cosas enérgicas y difíciles conviene ser fuerte, y los que tienen esta fortaleza de ánimo, no emplean blandura para hacerse obedecer. Los que carecen de ella no ordenan nada extraordinario, y en lo ordinario pueden mostrar la bondad de su carácter, pues los castigos ordinarios no se imputan a los que mandan, sino a las leyes y a las exigencias del orden. Debe creerse que Manlio fue obligado a tanto rigor por las extraordinarias condiciones que su carácter daba a la autoridad que ejercía; rigor conveniente en una república para restablecer la antigua pureza de las costumbres y de las leyes; y si hubiera algún Estado republicano tan feliz que apareciesen con frecuencia en él hombres que con su ejemplo renovaran el primitivo carácter de las leyes, según antes hemos dicho, y que no solo le impidiera correr a la ruina, sino que lo impulsara en sentido contrario, duraría siempre. Manlio fue uno de los que con la severidad de su mando mantuvo la disciplina militar en Roma, obligándole a ello primero su propia índole, y después el deseo de que se cumpliera lo que a impulso de las condiciones del mismo mandaba. Valerio, por su parte, podía proceder bondadosamente, porque le bastaba que se cumpliera lo que era costumbre observar en el ejército romano, y, como lo acostumbrado era bueno, bastaba para su honrosa reputación, sin ser molesta a los soldados la observancia, y sin que Valerio necesitara castigar a los transgresores, o porque no los había, o porque, habiéndolos, imputarían, como he dicho, el castigo a las leyes, y no a la crueldad del que mandaba. Podía, pues, Valerio practicar sus sentimientos bondadosos, consiguiendo con ellos el cariño y la disciplina de sus soldados.


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