La Mandrágora

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MICER NICIAS. No es eso. Ella era la más dulce y tratable de todas las criaturas de este mundo, pero habiéndole dicho una vecina que si hacía voto de oír cuarenta mañanas la misa de los Siervos quedaría encinta, lo hizo y fue allí unas veinte mañanas. Pero uno de aquellos frailucos empezó a acosarla, de tal manera que ya no quiso volver. Es lamentable, creo, que aquellos que deberían darnos buen ejemplo se comporten así, ¿no os parece?

LIGURIO. Diablos, y tanto que es lamentable.

MICER NICIAS. Desde entonces aguza las orejas como una liebre, no se fía de nadie, y a la menor insinuación pone mil dificultades.

LIGURIO. No me extraña, pero ¿y el voto? ¿Cómo lo cumplió?

MICER NICIAS. Se hizo dispensar.

LIGURIO. Está bien. Pero dadme, si los tenéis, veinticinco ducados que en esos casos conviene gastar, para hacerse amigo del fraile y darle esperanzas de mayor recompensa.

MICER NICIAS. Ahí los tienes, que eso sí que no me importa; ya ahorraré por otro lado.


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