Fuimos soldados
Fuimos soldados Al borde de la desesperación, Lazarte toma una decisión que lo coloca en la línea delgada entre la vida y la muerte: regresar a Argentina. No importa que el país esté bajo el acecho constante de los represores, ni que la dictadura mantenga activa la cacería de Montoneros. Algo más fuerte que su instinto de supervivencia lo empuja de vuelta. Quizás sea el eco de las voces de sus camaradas caídos, o la idea obstinada de que aún hay una última batalla que vale la pena librar. Así que se prepara, acepta la misión de sabotaje que le ofrece la Organización y oculta un transmisor en su equipaje; sabe que esa pequeña máquina es su única arma para hacer escuchar las consignas montoneras en medio del fervor del Mundial 78.
Lazarte vuelve a Buenos Aires bajo una doble presión: eludir tanto a los agentes militares como a su propia Organización, que desconfía de él y quiere controlarlo. Se mueve en las sombras, entre los barrios de su infancia y las calles ahora patrulladas, con la sensación de que la ciudad misma ha cambiado, como si la represión la hubiera vaciado de vida. Las caras en las calles reflejan miedo y sospecha; incluso entre sus antiguos compañeros, pocos se atreven a mirarlo a los ojos. La presencia invisible de la muerte se siente en cada esquina.
