Fuimos soldados
Fuimos soldados La propuesta llegó en una reunión clandestina en la penumbra de una casa en México, apenas alumbrada por una lámpara de mesa que proyectaba sombras angulosas sobre las paredes. Frente a él estaba Carmen , una mexicana con contactos importantes y con una memoria tan precisa que podía detallar cada uno de los movimientos diarios del ejecutivo. “Sigue siempre el mismo camino, como si nada en el mundo pudiera tocarlo”, dijo, con una mueca de desprecio en los labios. Lazarte la escuchaba con atención, sin dejar de analizar cada palabra, cada posibilidad de falla en el plan. Él sabía que no era cualquier trabajo: un secuestro así requería precisión quirúrgica.
“La casa segura está lista”, dijo Carmen, con tono práctico. “Habitación blindada, paredes acolchadas. Nadie podrá escuchar nada desde afuera.” Lazarte asintió, mentalmente reconstruyendo la logística que ella describía. Había sido su especialidad, después de todo: planear lo improbable. “Además, la víctima ni siquiera sospecha… se cree intocable”, continuó Carmen. Lazarte la interrumpió con una voz baja, pero firme: “Nadie es intocable”.
