El cuento de la criada
El cuento de la criada —Sé que no puedes concebir —susurra—. Pero el Comandante tampoco.
Defred siente que el suelo se abre bajo sus pies.
—Si no quedas embarazada, te desecharemos. No quiero otra Criada en esta casa —continúa Serena—. Tengo una solución.
La solución es Nick, el chofer. Un encuentro clandestino, un pecado disfrazado de supervivencia. Serena lo dice con indiferencia, como si le estuviera pidiendo que limpiara el polvo de una estanterÃa.
—Hazlo rápido. Antes de que sea tarde —ordena.
Defred no tiene opción. Si se niega, es el fin. Si acepta, puede ser una trampa.
Esa noche, mientras cruza la casa a oscuras, cada sombra parece un Ojo, cada ruido un presagio de muerte. Se detiene frente a la puerta de Nick.
Respira hondo.
Golpea.
Y la puerta se abre.
Nick no dice nada cuando la ve. Solo se aparta y deja la puerta abierta. Defred cruza el umbral, con la sensación de estar entrando en un abismo del que no podrá salir. La habitación es pequeña, sin lujos, con olor a tabaco y algo más, algo humano. Nada aquà pertenece a Gilead.
—¿Ella te envió? —pregunta él.