El cuento de la criada
El cuento de la criada Defred asiente. Su voz no sale. Nick la observa en silencio, y por primera vez en mucho tiempo, alguien la mira como si fuera una persona y no un recipiente.
—Podemos hacerlo asà —dice él, con suavidad—. O podemos hacerlo diferente.
Ella entiende lo que él quiere decir. Puede ser mecánico, como con el Comandante. O puede ser otra cosa, un acto de desafÃo, de consuelo. Pero eso significarÃa sentir. Y sentir es un riesgo.
Defred da un paso hacia él.
Nick la toca como si aún existiera algo sagrado en su piel. No hay órdenes. No hay testigos. Solo el roce de dos personas en una habitación donde, por primera vez en mucho tiempo, ella no es una Criada, ni una posesión, ni un cuerpo prestado. Solo es ella misma.
Ecos de rebelión Los encuentros con Nick continúan. No porque Serena lo ordene, sino porque Defred lo busca. Y cada vez que atraviesa la casa en la oscuridad, algo cambia en su interior. Es un peligro diferente. No el de ser atrapada. No el de ser castigada. Es el peligro de recordar cómo era sentirse viva.
Pero el mundo fuera de esa habitación sigue girando, y el peligro acecha en cada esquina. Deglen la sigue observando. Una tarde, mientras caminan juntas, murmura algo que hace que su sangre se congele.
—Mayday necesita saber si eres de fiar.
Defred no responde.