El cuento de la criada
El cuento de la criada Su nombre no es Defred. No lo era antes. Alguna vez tuvo otro nombre, uno que significaba algo, que la hacÃa real. Pero ese nombre quedó enterrado con la antigua vida que perdió: su esposo, su hija, su libertad. Ahora, es solo una Criada, una propiedad del Comandante Fred. De-Fred. Su existencia misma le pertenece.
Cada mañana, Defred se viste con su túnica roja y su toca blanca con alas que la aÃslan del mundo. Afuera, las paredes son altas, los muros gruesos, y los guardianes armados patrullan cada esquina. Si corre, si intenta escapar, hay balas esperando por ella. Gilead no permite errores.
La rutina es siempre la misma. La llevan de compras con otra Criada, Deglen. No pueden hablar de nada que no sea el clima o las bendiciones del régimen. Los Ojos vigilan. Las calles son silenciosas, los rostros vacÃos. Pasan junto al Muro. Ahà están ellos, los traidores. Cuelgan sin vida, los pies balanceándose suavemente con el viento. Un médico. Un sacerdote. Un amante equivocado. Todos con la misma señal clavada en el pecho: una traición imperdonable.
—Bendito sea el fruto —susurra Deglen.
—Que el Señor lo haga fructificar —responde Defred, con la voz hueca.
Es un guion aprendido, un rezo sin fe.