El cuento de la criada
El cuento de la criada En la República de Gilead, las mujeres han sido reducidas a meros instrumentos de reproducción. Defred, una Criada asignada a un alto funcionario, sigue las reglas con la esperanza de sobrevivir. Si falla en concebir, su destino es la ejecución o las temidas Colonias, donde la muerte es lenta y segura. Bajo un régimen que controla cada aspecto de su vida, solo le queda un refugio: sus propios pensamientos. Pero el deseo es una fuerza difícil de reprimir, y en un mundo donde el amor es traición, cualquier susurro de rebelión puede ser su única esperanza… o su condena. Atwood nos advierte en esta obra maestra el peligro que radica en dar poder de policía a una religión.
El techo es blanco. Liso. Sin marcas. Defred lo observa acostada en la cama, con las manos cruzadas sobre el vientre. La luz de la lámpara es tenue, amarilla, artificial. No hay ventanas abiertas. No hay aire fresco. Este no es su hogar. Este es un lugar donde se respira la obediencia y se asfixia el recuerdo.
La habitación en la que duerme no tiene espejos, ni adornos, ni cerraduras. No puede atarse una sábana al cuello, ni romper un vidrio y usar los fragmentos. Es un espacio diseñado para que las Criadas vivan, pero no para que decidan morir. Todo está calculado. Todo tiene un propósito. Y su propósito es solo uno: concebir.