Por si un día volvemos
Por si un día volvemos Con Álvaro, la relación madura. Conviven. Se respetan. Discuten. Comparten una visión del mundo. Pero también empiezan a diferir: él se involucra más con movimientos políticos, con redes clandestinas que apoyan la independencia de Argelia.
—Esto no es solo Francia contra Argelia —le dice él—. Es justicia contra abuso. Tú lo sabes.
Cecilia no discute, pero calla. No porque no entienda. Sino porque sabe que en esa lucha todos pueden perder. Y ella ya ha perdido demasiado.
A su alrededor, las calles se llenan de susurros. Explosiones en ciudades cercanas. Carteles arrancados. Arrestos nocturnos. Nadie habla, pero todos temen. Los pieds-noirs, colonos europeos en Argelia, se encierran en su orgullo. Los árabes, en su rabia. Los españoles, como Cecilia, flotan entre bandos, invisibles, expuestos.
Mientras tanto, Cecilia sigue avanzando. Es convocada para participar en el diseño de un nuevo programa educativo. Viaja, conoce a otros directivos, da conferencias. Es admirada. Una mujer sola, inmigrante, convertida en figura de referencia. Pero cada éxito suena hueco ante la fragilidad del suelo que pisa.
Una tarde, ve desde su ventana cómo un grupo de jóvenes es detenido sin motivo. Otra noche, una bomba explota en un café que frecuentaba. Las señales son claras: el rugido ha comenzado.