Por si un día volvemos
Por si un día volvemos No huye. Se despide. Camina por las calles con los ojos bien abiertos, respirando por última vez ese aire denso que ha sido su hogar. Sabe que no volverá igual.
El barco zarpa de Orán con más fantasmas que pasajeros. Cecilia viaja entre ellos, con una maleta pequeña y un silencio enorme. No lleva objetos de valor. Solo lo imprescindible. Y ni siquiera eso. Lo que importa, lo lleva por dentro: cicatrices, nombres, pérdidas.
Llega a la península sin recibimientos. Es otra más entre los que huyen, los que “vuelven” sin haber tenido nunca un verdadero lugar de origen. España es un país que ya no reconoce. O quizás, que nunca conoció del todo. La recibe con papeles dudosos, miradas inquisitivas, ofertas miserables.
Durante un tiempo, Cecilia vive de lo que puede: clases particulares, traducciones, contabilidad esporádica. Vuelve a ser invisible. Pero esta vez no por miedo, sino por elección. Necesita silencio. Tiempo para entender en qué se ha convertido.
La muerte de Álvaro pesa como plomo. No lo llora en público. No busca explicaciones. En su mente, él sigue ahí, en alguna parte de Orán, entre ruinas, entre voces. Parte del suelo que se derrumbó con el imperio.
