Por si un día volvemos
Por si un día volvemos Un día, encuentra una carta que no esperaba. Es de Clémentine. Está en Marsella. Ha comenzado de nuevo. Le escribe sin rencores, con afecto, con nostalgia. Le cuenta que muchos se fueron, que otros resistieron, que algunos desaparecieron sin dejar huella.
—Te pienso a menudo —dice la carta—. A veces sueño con volver. ¿Y tú?
Cecilia no responde. Pero esa noche sueña con Argelia. No con la guerra, ni con el dolor. Sueña con la taberna, con el patio del liceo, con una tarde de sol en la que no pasaba nada, y eso ya era suficiente.
En el último tramo de su vida, encuentra cierta paz. No redención, no justicia. Pero sí algo parecido a la calma. Da clases. Habla poco. Escucha mucho. Y cuando algún joven le pregunta si alguna vez vivió en otro lugar, ella sonríe.
—Sí —dice—. Pero era un país que ya no existe.
Porque hay sitios que solo sobreviven en la memoria. Y personas que, como Cecilia, no vuelven porque saben que nunca se fueron del todo.
FIN de "Por si un día volvemos"