El albatros negro
El albatros negro —Nos están enviando un mensaje —murmura Pietro, con los nudillos blancos de tanto apretar el volante—. Y lo estamos ignorando.
Nagore, sin embargo, no se detiene. Cada muerte la enfurece más. Recolecta pruebas, cruza nombres, filtra llamadas. Encuentra una copia digital del testamento de Lucía. Una cláusula llama la atención: la historiadora había solicitado que, en caso de su muerte, se hiciera pública una carta. La carta está escrita a mano. Es para su sobrina-nieta. Pero en realidad, es para cualquiera que se atreva a leerla.
—“El tesoro existe. No es de oro, sino de conciencia. Si esto llega a tus manos, sabrás que no fue accidente. Busca donde el mar simula un laberinto. La historia quiere ser escuchada.”
Una antigua maqueta del Albatros Negro que estaba en la casa de Lucía cobra sentido. En su base, oculta bajo una compuerta de madera, hay un compartimento. Dentro, una llave y una coordenada marina.
Pietro y Nagore no lo dudan. Consultan con la unidad marítima de la policía. Envían un equipo de buceo. La zona marcada está justo entre dos formaciones submarinas donde los radares fallan habitualmente por interferencia natural. El acceso es difícil. Pero encuentran algo.
—Un casco de galeón —anuncia el buzo por radio—. Está aquí.