La tregua
La tregua No hay una gran declaración de amor, ni un beso robado con dramatismo. Todo ocurre de manera pausada, casi torpe. Un roce accidental, una despedida que dura un segundo más de lo necesario. Y un dÃa, sin planearlo, sin pensarlo demasiado, MartÃn toma su mano.
Ella no la retira.
Desde entonces, las tardes en la oficina ya no son solo trabajo. MartÃn y Avellaneda se buscan con disimulo, intercambian palabras que parecen inofensivas pero que esconden otra cosa. La complicidad crece hasta volverse insoportable.
Cuando finalmente se besan, no es en la oficina ni en la calle. Es en un rincón discreto de la ciudad, donde nadie puede verlos. Y en ese beso, MartÃn siente que algo dentro de él se resquebraja. La certeza de que, después de tantos años, todavÃa es capaz de sentir algo real.
Pero el miedo también está ahÃ. Miedo a que esto no sea más que un capricho de su parte, miedo a que ella, tan joven, se canse de él. Pero sobre todo, miedo a la felicidad. Porque en su vida, cada vez que algo ha parecido bueno, la vida se lo ha arrebatado.
—No sé si estoy haciendo bien —le confiesa una noche. —¿Qué importa? —responde Avellaneda, apoyando la cabeza en su hombro—. Lo único que importa es que estamos aquÃ.