La tregua
La tregua El miedo sigue ahí, claro. La diferencia de edad pesa sobre su conciencia. ¿Qué pasará cuando él se jubile? ¿Cuando sus arrugas se multipliquen y ella siga siendo una mujer joven? Pero Avellaneda, con su ternura firme, le hace entender que eso no importa.
—Deja de pensar en el tiempo, Santomé. Lo único real es que estamos aquí.
Y Martín, aunque con recelo, se deja llevar. Se permite la esperanza. Después de todo, tal vez la vida haya decidido darle una tregua.
Martín se siente feliz. Es un pensamiento extraño, casi incómodo. La felicidad no ha sido un huésped frecuente en su vida, y ahora que la tiene, teme perderla. Pero cada vez que Avellaneda lo mira, cada vez que se ríe con esa dulzura serena, él se permite creer que, esta vez, todo estará bien.
Hacen planes. Pequeños, casi tímidos, como si temieran que al decirlos en voz alta, el destino los escuchara y se los arrebatara. Hablan de viajar juntos, de una casa sin secretos, de un tiempo sin prisas. Martín empieza a creer que el futuro puede ser suyo.
Hasta que un día, Avellaneda no llega a la oficina.