El Padrino
El Padrino Mientras tanto, en la sombra, otros aliados y enemigos se movían. Luca Brasi, el ejecutor más leal del Don, vigilaba la entrada como un lobo al acecho. Tom Hagen, el consigliere, se aseguraba de que cada invitado fuera bien recibido, pero en su mente trazaba planes y manejaba los hilos invisibles de la influencia Corleone.
La noche terminó, y con ella la boda, pero no la maquinaria del poder. En ese mundo, las celebraciones solo ocultaban las transacciones. Los Corleone no eran simples mafiosos; eran arquitectos de un imperio que se sostenía sobre la lealtad, el miedo y las promesas hechas en voz baja.
Vito Corleone, bajo las luces tenues de su despacho, levantó una copa de vino y miró al horizonte. Sabía que el equilibrio de su mundo era precario, sostenido por pactos y amenazas, pero por ahora, ese imperio seguía siendo suyo.
La paz que Vito Corleone había construido durante años se tambaleó una fría mañana de invierno. Sonny, el hijo mayor, irrumpió en el despacho con el rostro encendido por la ira.
—¡Han intentado matarte, papá! —gritó, sus puños golpeando la mesa como un trueno.
Tom Hagen lo siguió, más controlado, pero con la preocupación reflejada en sus ojos.