Amalia
Amalia Juan Lavalle.
—¿Qué te parece? —preguntó don Cándido, luego que Daniel hubo concluido la lectura del documento.
El joven no contestó.
—Se vienen, Daniel; se vienen.
—No, señor, se van —repuso éste, y estrujando el papel entre sus manos se levantó y empezó a pasearse en el salón, marcando en su rostro la impaciencia y el disgusto.
—¿Te has enloquecido, Daniel?
—Son otros los que se han enloquecido, no yo.
—¡Pero si han derrotado a López, mi estimado y querido Daniel!
—No vale nada.
—Si ya están en la guardia de Luján.
—No vale nada.
—¿No ves el entusiasmo ardiente, fogoso, tremebundo de que están animados?
—No vale nada.
—¿Estás en ti, Daniel?