Amalia
Amalia —No cabe en tus entrañas
Ni el amor ni la amistad, pecho de bronce[102].
—¡Ojalá fuese yo de bronce todo entero! —repuso don Cándido, suspirando.
—Especialmente el cuello, ¿no es verdad, amigo mÃo? —observó Daniel.
—¡Qué! ¿Está sentenciada al sacrificio la cabeza de PÃlades?
—No, señora; ni usted se meta a repetir semejantes barbaridades; yo no soy unitario, ni nunca lo he sido, ¿entiende usted?
—¿Y qué importa la cabeza?
—No importa la cabeza de usted, que es…; pero la mÃa…
—Y la vuestra, ¿qué importa ante las hecatombes que ha presenciado el mundo? ¿La cabeza de Antonio y la de Cicerón no fueron tiradas en el Capitolio, como me leÃa el inmortal Juan Cruz? ¿No os llevarÃa la posteridad en sus alas?
—El diablo debÃa llevársela a usted en sus cuernos.
—¡Veintitrés puñaladas no acabaron con César!