Amalia
Amalia —Daniel; si esta mujer no es mensajera de Satanás, poco le falta. Es una mujer fatídica, es bruja, o hija de bruja. Cada vez que nos hemos acercado a ella, o a su casa, nos ha sucedido una desgracia. Como tu antiguo maestro, como tu viejo amigo, que tiene por ti estimación, cariño, simpatías, te pido, te mando que despaches a esta mujer, que parece que anda con el diablo prendido del vestido.
—Calla esa lengua con que en rudo alarde
al sexo bello difamáis, cobarde.
—¿Bello? ¿Usted bella? —y don Cándido apuntaba con el dedo a doña Marcelina.
—Señor don Daniel, ¿qué es esto?
—Échala, Daniel.
—¿En qué horrible celada caen mis pasos?
—Todo esto no es más sino que el señor es un poco excéntrico —dijo Daniel mirando a doña Marcelina, sin poder ya disimular la risa que le saltaba en el alma y en la cara.
—¡Ah! ¡Debe haber hecho sus estudios en la literatura inglesa! —exclamó aquélla, paseando una mirada despreciativa por toda la figura de don Cándido, que permanecía parado a una buena distancia de su antagonista—. Si hubiera, como yo, educádose en la literatura griega y latina, otra cosa sería. Lo perdono.
—¿Usted sabe el latín y el griego, usted?