Amalia
Amalia —No, pero conozco el fondo de esas lenguas muertas.
—¿Usted?
—Yo, hombre prosaico.
—Daniel, échala, hijo mío, mira que un loco hace ciento.
—¿Cómo, señor don Daniel? ¡Un hombre de la altura literaria de usted, en relación con seres tan vulgares, cuya muerte es, como su vida, oscura y silenciosa!… Pero no, vivamos en constante y lírica armonía. Los tres hemos pasado por terribles peripecias dramáticas. Vivamos juntos y muramos juntos. He aquí mi mano —y doña Marcelina se adelantó hacia Don Cándido.
—No quiero, déjeme usted —repuso don Cándido retrocediendo.
—Venid y ante las aras de la patria
juremos en unión salvar a Roma.
—No quiero.
—Doña Marcelina —dijo Daniel, que ya no podía tenerse de risa, y que sentía profanar con ella el tristísimo estado de su espíritu—; doña Marcelina, usted tiene algo que decirme; pasaremos a mi escritorio.
—Sí, entremos.
Misterios son de otro mundo,
cosas secretas de Dios.