Amalia
Amalia Don Cándido se estremeció. Daniel cambió de fisonomía como si le hubiesen quitado una cara y puesto otra: antes visiblemente alterada y descompuesta, ahora tranquila y casi risueña.
Un criado apareció, y anunció a una señora.
Daniel dio orden de que entrase.
—¿Me iré, hijo mío?
—No hay necesidad, señor.
—Es verdad que yo no quisiera irme, sino esperar a que tú salieras para acompañarte.
Daniel sonrióse. Y en ese momento, una mujer que sonaba como si estuviese vestida de papel picado, con un moño federal de media vara y unos rulos negros, duros y lustrosos, sobre una cara redonda, morena y gorda, tal como si el médico Rivera, marido de la rubia Merceditas, se hubiese vestido de mujer, apareció en la puerta de la sala.
—¡Oh! —exclamó Don Cándido.
—Adelante, misia Marcelina —dijo Daniel.
—¡Ah! ¿Sois vosotros?
—Los mismos.
—Pílades y Orestes.
—Exactamente.
—Aqueste es Pílades —dijo doña Marcelina, extendiendo la mano a don Cándido.
—Señora, usted es una mujer fatídica —contestó, retirándose de doña Marcelina.