Amalia
Amalia —Si tú fueras Lavalle estarías ya loco. El general está contrariado por todos y por todo. La resistencia del comandante Penau a desembarcar el ejército en el Baradero, en vez de llevarlo a San Pedro, ha hecho que el general pierda tiempo, y caballos que lo esperaban en el primer punto. La hostilidad de Rivera le traba todas sus medidas desde hace un año. El alucinamiento de los doctores unitarios le hace concebir un mundo de esperanzas risueñas, de facilidades deslumbrantes sobre las simpatías que hallará en la provincia, y el general viene y toca la realidad, y no halla tales simpatías. Un centenar de cartas contradictorias le llegan todos los días de Montevideo, a él, a sus jefes, a sus oficiales, que avance, que no avance, que espere, que no espere. Diez hombres no piensan del mismo modo. Y el general duda, vacila, teme marchar contra opiniones, respetables por el nombre que llevan, y marcha con lentitud, hoy distrayendo sus fuerzas en perseguir a un caudillejo, mañana a otro, y estamos ya a 3 de septiembre y no ha llegado a una legua de Luján, y entretanto Rosas se repone moralmente, sus hombres van volviendo en sí del primer momento, y se acercará a la ciudad, quizá para verla y volverse o quizá para que corra mucha sangre, que hace quince días, ocho días se hubiera podido evitar —dijo Daniel, con un acento desconsolador y triste que impresionó visiblemente a sus amigos.