Amalia
Amalia Una carta insignificante, un vestido, una cinta con un estambre azul o celeste, era ya un arma; y una mala mirada, una pasajera reconvención de los dueños de casa o de sus hijos, era lo suficiente para emplear esa arma. La policía, doña María Josefa, cualquier juez de paz, o comisario, o corifeo de la Mazorca, recibía una delación, en que figuraban comunicaciones con Lavalle, o cosas semejantes, que importaban la ruina y el luto de una familia, porque el ser clasificado de unitario en Buenos Aires importaba estar puesto fuera de toda ley y bajo el imperio de todo insulto, de toda desgracia, de todo crimen.
El odio a las clases honestas y acomodadas de la sociedad era sincero y profundo en esa clase de color; sus propensiones a ejecutar el mal eran a la vez francas e ingenuas; y su adhesión a Rosas leal y robusta.
Desde que el dictador marchó a Santos Lugares, y con él los batallones de negros que había en la plaza, las negras empezaron también por su cuenta a marchar al campamento, abandonando el servicio de las familias que quedaron entregadas a su propia asistencia.