Amalia
Amalia Pero antes de salir de la ciudad se presentaban en bandas en casa de Manuela o en la de doña María Josefa Ezcurra, anunciando que iban a pelear también por el Restaurador de las Leyes. Y en el día que describimos no era pequeño el número de ellas que cuajaba los patios y zaguanes de la casa de Rosas, haciendo estrepitosa algazara al despedirse de Manuela y de cuantos allí había.
Era un día de jubileo en aquella casa, tan célebre en los fastos de la tiranía.
Doña María Josefa se había trasladado a ella desde las once; y a las ocho de la noche todavía estaba allí esperando algún otro chasque de Santos Lugares que hiciese saber si Lavalle había pasado más acá de la Capilla de Merlo o si el ejército federal había salido al encuentro y pulverizádolo bajo sus tremendas armas y a los rayos del genio.
Ya era de noche.
De repente, el eco de un cañonazo lejano vino a herir el espíritu de todos.
Manuela se inmutó visiblemente. No era la causa política, era la vida de su padre lo que inspiró un cúmulo de sentimientos penosos en su corazón.
Por un largo rato, la atención de todos se concentró en el oído; pero en vano.