Amalia
Amalia Manuela buscaba con sus miradas alguien que pudiera decirle la verdad. Pero la joven conocía tanto a los que la rodeaban, que no se atrevió a interrogar a ninguno.
De improviso, un movimiento, cuya impulsión venía del patio, se comunica hasta la sala, y todos vuelven sus miradas hacia la puerta, en donde, a través de las nubes densas de humo de cigarro se pudo distinguir la figura del jefe de policía, y pudo percibirse su voz, que decía a cuantos le preguntaban:
—No es nada, no es nada; es el cañonazo de las ocho que tiran los franceses.
Manuela alivió con un suspiro a su oprimido corazón, y preguntó impaciente a Victorica, que se acercaba a saludarla:
—¿Nadie ha venido?
—Nadie, señorita.
—Por Dios; ¡desde las once no sé una palabra!
—Pero es probable que antes de una hora sepamos algo.
—¿Antes de una hora?
—Sí.
—¿Y por qué, Victorica?
—Porque a las seis mandé un comisario de policía con el parte del día al señor gobernador.
—Bien, gracias.
—Estará aquí a las nueve, cuando más.