Amalia
Amalia —¡Ojalá! ¿Y cree usted que estén muy cerca ya de Santos Lugares?
—No es probable. Anoche acampó Lavalle en la estancia de Bravo. A las diez y media de la mañana de hoy estaban a tres leguas de Merlo; y a estas horas se hallarán, cuando más, a una legua de ese punto, es decir, a dos leguas de nuestro campamento.
—¿Y esta noche?
—¿Cómo?
—¿Si no marcharán esta noche? —repuso Manuela, pendiente de las palabras de Victorica.
—¡Oh, no! —contestó éste—. Esta noche no marcharán, ni tal vez mañana. Lavalle trae poca gente, señorita, y tendrá que prepararla muy bien.
—¿Y a qué número ascienden las fuerzas de Lavalle? Dígame usted la verdad, yo se lo ruego —prosiguió Manuela, que hablaba casi al oído del jefe de policía.
—¿La verdad?
—Sí, sí, la verdad.
—Es que no se puede preguntar así no más por esa señora; porque hoy es muy difícil encontrarla. Pero según los datos que me parecen más seguros, Lavalle trae tres mil hombres.
—¡Tres mil hombres, y me dicen que apenas tiene mil! —exclamó la joven.