Amalia
Amalia —¿No le dije a usted que no se encuentra a la señora verdad?
—¡Oh, es terrible!
—La engañan a usted en muchas cosas.
—Ya lo sé. En todo, y todos me engañan.
—¿Todos?
—Menos usted, Victorica.
—¿Y para qué engañar ahora? —repuso el jefe de policÃa con un brusco movimiento de hombros, que parecÃa decir: «Estamos jugando el todo, la hora ha llegado, y no tenemos a quien engañar, si no es a nosotros mismos».
—Y tatita, ¿qué fuerzas tiene? La verdad también.
—¡Oh, eso es fácil! El señor gobernador tiene en Santos Lugares de siete a ocho mil hombres.
—¿Y aqu�
—¿Aqu�
—¿SÃ, en la ciudad, pues?
—Todos y ninguno.
—¿Cómo?
—Que según las noticias que nos lleguen del campamento, mañana o pasado mañana hemos de tener un mundo de soldados, o nos hallaremos con que no tenemos ninguno.