Amalia
Amalia —¡Ah, sí, sí, ya lo sé! —repuso Manuela con viveza, al comprender lo que le pareció al principio una paradoja de Victorica. Ella sabía mejor que nadie el crédito que debía dar a las palabras de los seres envilecidos que la rodeaban: que sólo eran bravos con el puñal, sobre la víctima inerme—. ¿Y me dará usted las noticias —prosiguió—, en cuanto las reciba esta noche, si tatita no me escribe?
—No lo sé, señorita, porque ahora mismo parto para la Boca, y he dado orden para que el comisario vaya en mi busca por ese lado.
—¡A la Boca! ¿Y no hace usted más falta en la ciudad?
—Yo creo, señorita, que no hago falta en ninguna parte —contestó Victorica con cierta expresión en el rostro, que hubiera parecido una sonrisa y que, sin duda, quiso serlo, si lo hubieran permitido aquellos músculos duros y rígidos que no se prestaban a otro movimiento que al de la expresión de las pasiones recias y profundas.
—¿Qué quiere usted decir, señor don Bernardo? —preguntóle Manuela, algo seria; porque el carácter de aquella joven ya empezaba, naturalmente, a resentirse un poco de la regia autoridad de su padre y a disgustarse al notar síntomas de desagrado en sus servidores.