Amalia

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—Quiero decir —contestó Victorica—, y lo mejor es decirlo con franqueza, que antes recibía las órdenes directamente del señor gobernador; y, desde hace tiempo, las estoy recibiendo de otros, a nombre de Su Excelencia.

—¿Y cree usted que alguien se atrevería a tomar el nombre de mi padre?

—Lo que creo, señorita, es que no se puede ir a Santos Lugares y volver en media hora.

—¿Y bien?

—Y esta tarde, por ejemplo, recibí, a nombre de Su Excelencia, la orden de vigilar esta noche la costa hasta San Isidro; y un cuarto de hora o media hora después, recibí contraorden, a nombre también del Restaurador, de hacer la ronda por la Boca.

—¡Ah!

—Y ya usted ve, Manuelita, que alguna de esas dos órdenes no es del señor gobernador.

—Cierto. ¡Es bien singular!

—Para mí no ha habido épocas buenas ni malas en servicio del general Rosas, ni las habrá nunca. Pero no me anima la misma voluntad en servir a otras personas que obren por intereses particulares y no de la causa.

—Créame usted, Victorica, que he de hablar a tatita sobre esto la primera vez que me sea posible.

—Esta señora me da más que hacer que el señor gobernador.


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