Amalia
Amalia —Sí, señorita.
—¿Pero, quién es?
—Bello.
—¡Bello! —exclamó Manuela, que sentía una sincera amistad por el joven.
—Sí; a nombre del señor gobernador —prosiguió Victorica.
—¡Oh, no puede ser!
—Sin embargo, así me lo ha dicho personalmente doña María Josefa.
—¿Prender a Bello? —repuso Manuela—, vamos, repito que es imposible. Tatita no puede haber dado semejante orden. Bello es un excelente joven; es un buen federal, y su padre es uno de los amigos más antiguos del mío.
—No se me ha dicho que lo prenda, sino que lo vigile.
—Es quizá uno de los pocos hombres sinceros que nos rodean —agregó Manuela.
—A mí no me parece malo. Pero debo decir que tiene muchos enemigos, o enemigos muy poderosos.
—Señor Victorica, no dé usted paso alguno contra ese señor, si no recibe orden expresa de tatita.
—Si usted lo dispone así…
—Así lo dispongo, no siendo dada la orden por Corvalán.
—Muy bien.