Amalia

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Y mientras Manuela suplicaba a su nuevo interlocutor que saliese a pedir a las negras que no gritasen tanto en el patio, y les dijese que su padre las recibiría con mucho gusto en el campamento, doña María Josefa daba la mano, despidiendo a un personaje de gallarda estatura, como de treinta y ocho o cuarenta años, de hermosos ojos, moreno, de espeso y negro bigote, y vestido con chaqueta de paño grana, pantalón negro con franja punzó, chaleco y corbata de este último color, y que ostentaba una enorme divisa, y un no menos grande puñal a la cintura.

—Conque temprano —le decía la cuñada de Rosas.

—Sí, señora, antes de las siete estoy en casa de usted a darle cuenta.

—Pero, si antes hay novedad, me manda avisar en el momento.

—Sí, señora.

—Yo he de estar aquí toda la noche, o hasta que sepamos de Juan Manuel. Pero, mire, no le dé cuartel a ninguno. Ya sabe que todos los que se fugan se van a Lavalle.

—No hay cuidado —contestó aquél, con una sonrisita que parecía decir: «No necesito de esa recomendación».

—Victorica va a correr la costa desde el fuerte hasta la Boca —prosiguió doña María Josefa.


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