Amalia
Amalia —¿Y con qué demonios dan? —preguntó Eduardo, trémulo de rabia y deseando que cayese la puerta de una vez.
—Con las ancas de dos o tres caballos a un mismo tiempo —contestó Pedro—; así echamos abajo la puerta de un cuartel en el Perú.
En ese momento, porque toda esta escena era rápida como el pensamiento, Luisa, abrazada de las rodillas de Amalia, sin dejarla salir, le decía llorando:
—Señora, la Virgen me ha hecho recordar una cosa: la carta; yo sé donde está; con ella nos salvamos, señora.
—¿Qué carta, Luisa?
—Aquella que…
—Ah, sí. ¡Providencia divina! Es el único medio de salvarlo. Tráela, tráela.
Y Luisa voló, sacó de una cajita una carta y se la dio.
Amalia entonces pasó corriendo a la puerta de la sala y dijo a Eduardo y a Pedro, que estaban en el zaguán esperando por momento ver caer la de la calle:
—No se muevan, por Dios; oigan todo, pero no hablen ni entren a la sala.
Y sin esperar respuestas, corrió las hojas de la puerta, y volando a una de las ventanas, tiró los pasadores y abrió.