Amalia
Amalia A este ruido, dejaron la puerta y se precipitaron a la ventana diez o doce de los que estaban desmontados; y por instinto, por instinto federal, abocaron sus tercerolas a las rejas.
Amalia no retrocedió, no se inmutó siquiera, y con una voz entera y digna se dirigió a ellos:
—¿Por qué se asalta de este modo la casa de una mujer, señores? Aquí no hay hombres, ni riquezas.
—¡Eh, que no somos ladrones! —contestó uno, que se abrió camino por medio de los demás hasta llegar a la ventana.
—Pues si es ésta una patrulla militar, no debía tratar de echar abajo las puertas de esta casa.
—¿Y de quién es esta casa? —preguntó aquel que se había acercado, parodiando la acentuación con que había marcado Amalia aquellas dos palabras.
—Lea usted, y lo sabrá. ¡Luisa, alcanza la luz!
El tono de Amalia, su juventud, su belleza, y el misterio de esa especie de seguridad y de amenaza que envolvía sus últimas palabras, acompañadas del papel que entregaba, en aquella época en que todos temían caer, por equivocación o por cualquier cosa, en el enojo de Rosas, llevaron sin esfuerzo la perplejidad a toda aquella gente, en cuyas cabezas no había entrado la sospecha de que en esa casa, por tantos años desierta, hubiese una mujer como la que veían.