Amalia
Amalia —Eso parece una explicación —repuso el personaje de aire marcial—. Porque —continuó—, no es que con diez o doce hombres no podamos apagar los fuegos de todas las azoteas de esta calle, desde el lugar en que nos vamos a colocar, en caso que haya quien quiera hacer fuego sobre Lavalle, sino que si tenemos que salir a operar fuera de aquí, por cualquier accidente, entonces no bastan los que somos.
—Yo, por ejemplo, haya o no combate, me voy, con cuatro más que ya estamos convenidos, en cuanto pase la fuerza por esta calle.
—¿Ve usted? Ya quedamos menos. ¿Y dónde diablos va usted?
—A casa de Rosas.
—¿Quiere usted prender a Manuela?
—No, por el contrario, trataría de defenderla si alguien quisiese insultarla.
—Y yo también.
—Y yo —dijeron algunos jóvenes.
—Pero, entonces ¿qué quiere usted hacer con la casa de Rosas? —repuso aquél, el más grave de todos—, ¿cree usted que los rosinos se irán a esconder allí?
—No, no creo tal tontería.
—¿Y entonces?
—Los papeles.
—¡Ah!